La vida de las hermanas

INFANCIA DE LAS HERMANAS LARRAINZAR

María Enriqueta, tenia 3 años, cuando nace su hermana María Ernestina, Al día siguiente, fue Bautizada en la sala del trono del Palacio de Rúspoli, pues por ese entonces su familia vivía en Roma, Italia ya que su padre tenia el cargo de Ministro Plenipotenciario ante la Santa Sede y estaba ahí, con la misión de arreglar un Concordato entre la Santa Sede y la Nación Mexicana, cometido que no pudo realizar porque antes de que se firmara el Concordato el partido conservador al cual pertenecía, fue sustituido por el partido liberal y él con su familia tuvo que retirarse de Roma.
La Santa Sede le hizo objeto de grandes distinciones. En la audiencia de despedida concedida por el Papa Pío IX, María Ernestina tenia solo 10 meses de nacida, es tomada en brazos por su Santidad e implora para ella de un modo especial las bendiciones del cielo, por lo que después en su casa le decían: “tienes que ser buena pues desde la cuna quedaste consagrada por las manos benditas del Vicario de Jesucristo”. Se fueron de Roma llevándose a una joven llamada Fermina muy recomendada y virtuosa quien era encargada de la formación de las dos niñas. Ya viviendo en México su mamà las llevaba diariamente al templo. A los tres años habiendo oído que la Virgen María se consagró a Dios a esa edad, quiso imitarla y también ofreció su vida a Dios. Estas fueron sus palabras: Sin comprender lo que hacia, le dije a Dios “así como la Virgen María se consagró a ti, así yo al tener esa misma edad, quiero consagrarme como ella a tu servicio”.                                                                              El partido liberal en el poder, decretó la exclaustración de las Religiosas, Fermina su Nana, las llevó a ver la salida de las Monjas de Santa Teresa la Antigua. María Ernestina, expresa así este tiempo difícil por el que pasaron las Religiosas: “Al verlas salir envueltas en sus velos negros, estrechando un Crucifijo entre sus brazos y al oír sus gemidos y sus lágrimas nos impresionó tanto que desde aquel momento pensábamos en ellas y todos nuestros juegos infantiles eran de las monjitas; con las muñecas hicimos un convento: el arreglar altarcitos, ornamentos, predicar sermones religiosos y juegos similares era toda nuestra ilusión y encanto”. Cambiando el gobierno, vuelve el partido conservador al poder. Nuestro querido papá era Ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos, regresando a las monjas a sus conventos, sin esperar más, acompañadas de la fiel Fermina; fuimos a visitar a las mismas monjas que habíamos visto salir y sintiendo por ellas una atracción irresistible, lo manifestamos así a la superiora, esta a pesar de que Enriqueta tenia 8 años y yo cinco nos percibió formales y después de algunos meses de prueba nos dio la cartilla o reglamento quedando reconocidas y admitidas como pretendientes en el convento de Carmelitas Descalzas Antiguas del Señor de Santa Teresa.            Desde este venturoso día comenzó una nueva vida para nosotras. Todo nuestro gusto era irnos a la portería del convento y en vez de ir de paseo y jugar en los jardines con las otras niñas, íbamos al convento y pasábamos largas horas platicando con las monjas por el torno, subidas sobre las sillas para poder alcanzar. La Superiora además del reglamente nos dio también una crucecita de madera para que como ellas, la tuviéramos abrazada al dormir, unos cilicios para que nos los pusiéramos los viernes y le tomáramos amor a la mortificación y a la penitencia. Llenas de entusiasmo practicábamos lo que nos decían, en nuestra inocencia nos figurábamos que ya éramos religiosas y sentíamos horror a todas las cosas del mundo, a tal grado que cuando nuestros padres nos llevaban a paseo en coche, llorábamos y les rogábamos que nos dejasen en casa.

Por aquel tiempo mi hermana y yo siempre pensábamos en el convento, ella como era la mayor se había propuesto probar mi vocación. A menudo me encerraba dentro de un ropero o en la gran caja donde teníamos nuestra casa de muñecas y cubriéndola con un lienzo me dejaba ahí largo tiempo para que viera yo lo que era la vida de claustro hasta que Fermina extrañando mi ausencia me iba a sacar. Otras veces me hacia comer cosas amargas, tomar el café sin azúcar o echaba mucha sal a la comida para ver si me gustaba la mortificación, yo para ser fiel a mi vocación, todo lo hacía con gusto.
Como éramos pequeñas, nuestros padres se reían y sin darle importancia alguna nos dejaban seguir libremente nuestras inclinaciones. Todas las noches jugábamos a que estábamos ya en el convento: yo era la superiora y Enriqueta cambiando de voz figuraba a la comunidad viniendo más de 20 veces a darme las buenas noches y no me dejaba dormir hasta que “se despedían todas las religiosas”. Respirando un ambiente de piedad y religión se fueron pasando los años de mi infancia”.
Los estudios básicos y superiores lo realizaron en su casa, nunca salían solas por lo que crecieron inocentes y candorosas, siendo sus mayores gustos visitar a las monjas, ofrecer flores según cada tiempo litúrgico. Ernestina tenia una memoria prodigiosa y a los 3 años ya sabia leer muy bien, a continuación una anécdota: ‘un día en el panteón, una persona que la oyó leer con mucha claridad, exclamó como la mujer del Evangelio: ¡bendito el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron…! su madre lloró de ternura y contó más tarde que había sido para ella una de sus más grandes satisfacciones.
Sufrió tanto el día en que su hermana Enriqueta hizo la Primera Comunión, ella por ser más pequeña le fue negado ese privilegio, sin embargo, suplicó, lloró,… y sus padres al verla tan triste y desconsolada, consultaron con el padre que la había confesado y este solícito se ofreció a examinarla para ver si sabia lo que pedía y se dio cuenta de que estaba ya bien preparada y podía recibir el Sacramento. Leamos sus propias palabras cuando narra lo que significó en su vida el regalo de la PRIMERA COMUNIÓN: “En la octava del Corpus, tuve las dicha incomparable de acoger en mi pecho infantil al Dios del Amor y de la Bondad, impotente es mi pluma para consignar el inmenso regocijo que inundó mi alma al saber que me era permitido hacer mi Primera Comunión, la víspera del gran día no pude dormir ansiando el amanecer. No se lo que sentí, me parecía habitar en el cielo, poco después llena también de entusiasmo y alegría recibí la Confirmación. Habiendo recibido estos dos Sacramentos, tanto Enriqueta como yo vivíamos más unidas con Dios inflamados nuestros infantiles corazones en el Amor Divino. Deslizándose nuestra infancia enteramente entregadas a la piedad y sin encontrar gusto alguno en las cosas del mundo, siendo muy inclinadas a la mortificación y a la penitencia queriendo imitar en nosotras mismas, la vida de los santos”.
Su padre se retiró un tiempo de la política, posteriormente fue llamado por el Emperador Maximiliano para desempeñar nuevos puestos en su vida pública, también su madre figuraba en la Corte como Dama de Honor de la Emperatriz Carlota; fue una época en que vivieron en el lujo, la ostentación y la opulencia, sin embargo el interés de estas niñas no estaba puesto en esta clase de vida. Así las cosas, Manuel Larrainzar fue nombrado: Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario para representar a México en las Cortes de Rusia, Suecia y Dinamarca, con este motivo se alejaron de la Patria y residieron en Europa por 5 años, aunque eran muy pequeñas, gozaron y disfrutaron conociendo todos esos países. Instalada la familia en la Corte de Rusia en un bellísimo palacio y continuando la vida de lujos y ostentación, M. E. y E. sufrían extrañando la vida retirada de México y las personas y costumbres que les eran muy queridas.
En esta época, sin nada que lo estimulara, se fue enfriando su fervor y solo lo mantuvo un poco las historias de santos que Fermina les contaba, no obstante, todos los domingos iban a Misa. María Ernestina define este tiempo de su existencia como “triste y sin atractivos”, por lo mismo, grabó en su
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de su existencia como “triste y sin atractivos”, por lo mismo, grabó en su corazón “que no es la riqueza, ni los honores, ni las comodidades de la vida, lo que puede satisfacer las necesidades del ser humano, ni las aspiraciones del alma".
Cayendo la supremacía de Maximiliano, también vino a menos la familia Larrainzar y por haber servido al Imperio le confiscaron todos sus bienes en México y se le cerraban las puertas de la Patria, viéndose condenado al destierro, no pudiendo regresar a México permanecieron un tiempo en Austria, Alemania y Bélgica y por fin fijaron su residencia en Paris, muy contentas (ellas) por verse rodeada de distracciones y atractivos. En este lugar conocieron al Sr. Piñol, Arzobispo de Guatemala sufriendo también la Ley del Destierro, siendo de la misma patria de su madre, pronto se formó entre ellos muy buenas relaciones, que más tarde servirían para conducir a la familia a Guatemala, la tierra natal de doña Manuela. Al ser. Aquí comienza un cambio que la Fundadora lo define como “una transición terrible” en sus vidas que se les hizo dura y dolorosa. “Pues de la animación y grandeza de Paris, pasamos a la soledad de Guatemala” a una ciudad que se le podía considerar de 5to o 6to orden.

ADOLESCENCIA Y JUVENTUD

Este mismo acontecimiento les sirvió para conocer la hospitalidad y los bellos sentimientos de la sociedad guatemalteca, reinaba en ellos la buena fe, la sencillez y la sinceridad, bellas cualidades que suplen los goces y atractivos materiales. Las Fundadoras estaban ya entrando en la adolescencia, su familia en Guatemala figuraba entre las primeras de la sociedad por lo cual a ese ambiente llegaron, viéndose rodeadas de adulaciones y atractivos, “engolfándose en los placeres sociales”. …”Este fue uno de los lazos peligrosos con que el demonio trató de alejarnos de Dios y quitar de nuestro corazón el santo propósito de consagrarnos a El. Fermina (su nana) que se daba cuenta del cambio en sus intereses, siempre les recordaba sus prácticas piadosas de niñas, cosa que les ayudó a mantener siempre aquella flama aunque a veces parece que se apagaba, por la misericordia de Dios había acontecimientos que la hacían volver a encenderse. Visitar nuevamente a las religiosas también les ayudó. Dice Ma. Ernestina: “íbamos algunas veces al convento, a la reja y al mirar a las religiosas, muy cariñosas con nosotras, tan contentas y tranquilas, sentíamos despertar nuevamente en nuestro corazón el deseo de abandonar el mundo y abrazar el estado religioso”.
Sin embargo, cuenta que “seguían frecuentando la sociedad y encontrando gusto en sus placeres y delicias y a la vez sintiendo gusto y atractivo por las prácticas de piedad”. La Madre Adelaida, nueva superiora del convento de santa Teresa, fue el medio para que en la edad tan “peligrosísima” en la que se encontraban no se precipitaran de lleno en el mundo sino que triunfo la gracia en sus corazones. Por esta época y atraídas fuertemente por los llamamientos de la gracia decidieron realizar su vocación y abrazar para siempre el estado religioso. Pidieron entrar al convento y fueron admitidas por unanimidad; se solicitó la autorización del obispo y este dijo que sí, siempre y cuando sus padres estuvieran de acuerdo, comenzó la lucha porque ellos se opusieron ya que consideraban que aún no tenían edad suficiente para un compromiso de esa índole, por esta misma razón habían negado su mano a quienes las pidieron en matrimonio. Ma. Ernestina expresa así sus sentimientos: “terrible fue para nosotras este periodo de crueles sufrimientos, viéndonos contrariadas en nuestras más caras aspiraciones y deseos”.
“Monótona y profundamente triste se deslizó entonces nuestra vida, vivíamos del todo contrariadas dominadas por el más grande abatimiento, sosteniéndonos solamente los maternales consejos de la Madre Adelaida, diciéndonos que Dios todo lo disponía para el bien de sus criaturas”.
En aquel momento, otro de los impedimentos para la realización de su vocación fue la enfermedad de su hermano Alberto que atacado de locura, no pudiendo recuperarse en Guatemala, tuvieron que regresar a México por 

recomendación de los médicos ya que creían que volver a su patria ayudaría en su curación, cosa que no pudo ser y por prescripción facultativa, en contra de su voluntad y con mucho sufrimiento para toda la familia; tuvieron que internarlo en un sanatorio.
Como a la caída del Imperio le confiscaron todos los bienes a su padre, se instalaron más modestamente, ajustándose a su nueva situación, ya sin el lujo y la ostentación con que siempre habían vivido. En este tiempo, su mamá que quería que aprendieran a ser buenas amas de casa, les dejó la administración, turnándose un mes cada una. Esta fue también una etapa en la que dejaron a un lado los deseos de consagrar sus vidas a Dios, por un lada la negativa de sus padres, por otro, no tenían ya la influencia de la M. Adelaida y en Guatemala las habían asustados hablándoles en contra de la vida religiosa, aunado esto a que los conventos estaban vacíos, las religiosas viviendo con sus familias o en casas de vecindad, les pareció una locura seguir pensando en esto y según expresa: “ya que nunca podríamos realizarla, debíamos borrar esta idea de nuestra mente y luchar por combatir nuestra vocación, borrándola para siempre de nuestras almas”.
María Ernestina es muy sincera al narrar las etapas de su vida, con sencillez y humildad comparte que hubo momentos en los que las dos viven alejadas de las prácticas religiosas, describiéndolo del siguiente modo: “poco a poco nos fuimos engolfando en los placeres del mundo, los cuales fueron embriagando nuestro corazón, comenzó para nosotras una vida del todo mundana: modas, amistades, lectura de novelas, paseos…, todo esto formaban nuestras ocupaciones favoritas”. También fueron famosas por las obras literarias que escribieron ya sus compatriotas las aceptaron de buen gusto y las primeras ediciones pronto se agotaron. Como era de esperarse, los elogios, aceptación y felicitaciones por todas partes donde se presentaban, halagaban su vanidad produciéndoles mucho gozo y satisfacciones. Sus palabras: “una vida para nosotras tan nueva y llena de atractivos nos conquistó por completo, entregándonos al deseo de agradar y brillar en la sociedad y la imagen de Dios estaba casi eclipsada en nuestra alma, de las prácticas piadosas solo conservábamos, asistir a la Eucaristía y rezar el rosario. Nuestra casa era el centro de reuniones donde pasábamos alegres tertulias y éramos Enriqueta y yo quienes preparábamos las fiesta”.
A pesar de llevar esta vida de diversiones, las Hnas. Larrainzar continuaban visitando a las monjas, encontrando gusto y atractivo por los dos tipos de vida religiosa, activa y contemplativa, reconociendo que en medio de “los atractivos del mundo, sentían vacío y nostalgia de aquella vida que las llenaba” y a menudo platicaban que “seria bueno FUNDAR un instituto nuevo que reuniera los dos tipos de vida, activa y contemplativa pues ambas ejercían poderosos atractivos en su corazón, toques eran estos de la gracia y medios misericordiosos de que Dios se valía para hacernos luchar contra tantos enemigos que nos rodeaban”. Sin embargo, eran reflexiones pasajeras pues volvían a su vida de tertulias. Así las cosas, también llegó a enfriarse la relación entre ellas y de muy unidas que eran, comenzaron a separarse.
Reconoce que tanto ella, sus hermanas y sus primas eran alegres y llamaban la atención de los jóvenes; de ella dice en concreto: “a mi, me gustaba que me cortejasen y pretendiesen, pero en cuanto se trataba de una cosa seria, me disgustaba y nunca me decidí por formalizar una relación. Esto era la Providencia”. Continúa su comentario: “siguieron transcurriendo los meses para nosotras en este mismo género de vida engolfadas cada día más en las diversiones, olvidadas de Dios y de las prácticas piadosas. Para seguir a mis amigas resolví corresponder a alguno de mis pretendientes: Joaquín, pactando casarnos solo cuando él terminara la carrera, en estos dos años si se me borró por completo de la mente la idea de consagrarme a Dios abrazando el estado religioso y cifré todos mis placeres e ilusiones en las cosas del mundo y el amor de las criaturas…”
No obstante lo que cuenta, Ma. Ernestina pone este plazo de 2 años a Joaquín, porque estaba convencida que pasando el tiempo seria fácil deshacer el 

compromiso pues muy en el fondo de su alma permanecía impreso el deseo de consagrar su vida a Dios que de muchas maneras seguía llamándola a su servicio. Un parte aguas en su vida fue la muerte de uno de los jóvenes que asistió a la fiesta preparada con todo lujo y ostentación, Ma. Ernestina y Ma. Enriqueta asistieron, pensando que seria un día inolvidable y de mucha diversión pero que al final concluyó en gran tragedia, que le dejó una amarga impresión al ver con cuanta facilidad podemos pasar de la vida a la muerte; esto hizo que se produjera en ella un gran cambio y tomaran otro giro sus resoluciones y pensamientos. De nuevo comenzó a pensar, esta vez con resolución; que ella había sido creada no para el mundo sino para consagrar su vida a Dios. Toda su familia la desanimaba y le decían que tenía que olvidar las ilusiones infantiles. Solo su nana Fermina la animaba diciéndole: “la felicidad verdadera solo vas a encontrarla en Dios y en practicar la virtud".
María Ernestina comenta lo mucho que sufrió en esa época: “luchas en que se agitaba mi corazón, se alteró mi salud, de alegre, animada y expansiva me volví retraída, taciturna y melancólica”. Por oídas supo que los ejercicios espirituales nos iluminan en el discernimiento de nuestro caminar espiritual y se apuntó a la tanda que se daba en el Santuario de los Ángeles por un sacerdote Jesuita “de gran virtud y talento”.
Nos narra su experiencia de ejercicios: “hallábame sobrecogida de un santo respeto, como separada del mundo y en intima comunicación con Dios y en estas disposiciones de mi espíritu, me impresionaron sobremanera los Santos Ejercicios y sensaciones hasta entonces para mi desconocidas, vinieron a hacer estremecerse las más delicadas fibras de mi corazón, al meditar, yo sentía que las densas tinieblas en que me encontraba envuelta, se disipaban, que la venda de mis ojos caía y que todo mi ser se transformaba, viviendo en una vida que venia a renovarme por completo, haciéndome penetrar en regiones desconocidas de luz y felicidad…” Fue difícil para ella tener que abandonar ese “mundo” para volver a la cotidianidad, se sentía tan bien y los consideró “su tabla de salvación y principio de su conversión y vuelta a Dios de quien tan criminalmente se había alejado”. Allí decidió deshacer su compromiso de matrimonio con Joaquín y “abandonarse por completo en las manos de Dios, entregándole a El su porvenir para que hiciera de ella lo que fuere de su divino agrado”. Le duele decir que no a Joaquín pero siente que si se casa ni el ni ella lograrían la felicidad deseada y no quería ser responsable de ello. Todo lo que pensaba lo pone por escrito y la envía a su destino. Joaquín trató por todos los medios de hacerla cambiar de opinión: “ruegos, lágrimas, recriminaciones y amenazas, todo vino a estrellarse ante mi irrevocable resolución; tuvo que sostener con el luchas terribles que le desgarraban el corazón y le arrancaban lágrimas, hasta que al fin, a fuerza de cariño y ternura logró cambiarlo y todo terminó entre ellos”.
Los días difíciles, contrariedades y sufrimientos que vivió después de los ejercicios le parecieron dulces ya que sentía el consuelo de Dios, así lo expresa: “¡OH! Yo no vacilo en afirmar que ha sido la época más feliz de mi existencia. Fiel a mis santos propósitos, mi cambio fue completo, se acabaron las fiestas y diversiones, porque yo era la promotora. Me retiré de la vida social y me incliné a vivir más las prácticas religiosas, ayudaba en el templo, formé parte de asociaciones religiosas, daba catequesis, tenía la dicha de comulgar todos los días, regalándome el Señor, dulces consuelos y delicias espirituales”. Debido a su nuevo comportamiento cambió mucho su intimidad con sus primas y con su hermana Enriqueta., continuando en su compañía la fiel Fermina y a veces la prima que vivió con ella los ejercicios. La orientación de su director espiritual el P. Andrés G. Rivas SJ, le ayudaba a progresar en la vida del Espíritu.

VUELTA A LAS “DULCES ASPIRACIONES DE SU INFANCIA”

Poco a poco “las aguas van volviendo a su cauce”. Su hermana Enriqueta que se había distanciado de ella, desilusionada de sus ilusiones mundanas y persuadida de que todo era “vanidad de vanidades”, rompe por completo con esa vida y torna a buscar en Dios su consuelo, entregándose por completo a su santo servicio; desde entonces volvieron a ser inseparables compañeras, uniéndose en sus trabajos y luchando siempre unidas para vencer todos los obstáculos y tropiezos con que se encontraban en su camino. A este punto, Ma. Ernestina eleva la siguiente oración: ¡Bendito seas para siempre gran Dios! ¡Que de medios tan inesperados y misteriosos, te vales para atraer hacia Ti, a todas las criaturas, y hacerlas cumplir la misión para la que las tienes reservadas, hasta llegar al fin que te has propuesto, asegurando así sus eternos destinos!...

PASOS PARA LA NUEVA FUNDACION

Por las Leyes que en esta época regían a México no había conventos y las religiosas vivían separadas en casas particulares, no veían la manera de poder realizar sus vehementes deseos de consagrarse a Dios y seguir la vida monacal; con más fuerza se fue apoderando de ellas el deseo de fundar un nuevo Instituto religioso que “adaptado a la época actual abarcara a la vez la vida contemplativa y la vida activa, apareciendo ante la sociedad como una Asociación Filantrópica, siendo en realidad una Comunidad Religiosa. No eran ya una niñas sino jóvenes bien formadas, comenzaron a darle forma a su proyecto, y “habiéndoles robado el corazón desde su más tierna infancia el Misterio sublime de nuestra Redención, quisieron de común acuerdo, que las Religiosas de su Instituto se llamase “LAS HIJAS DEL CALVARIO”, eligiendo como Esposo, no a Jesús en el Tabor, ni en sus tiempos resplandecientes de gloria en el cielo; sino a Jesús agonizante en la Cruz y de todos abandonado, para que esas religiosas, formaran un pequeño grupo de “almas” que voluntariamente se asociaran a sus humillaciones y sufrimientos, en unión de su santísima Madre, a la que debían elegir como su especial Protectora y Madre, bajo su advocación de los Dolores, el Discípulo amado Juan, modelo de las almas vírgenes y puras y la amante María Magdalena, modelo de las almas arrepentidas y penitentes.
Desde que decidieron poner en práctica su proyecto, hacia su consecución se dirigían todos sus esfuerzos, que se vieron coronados porque al fin con muchos afanes y sufrimientos pudieron lograrlo.

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